El Despertar de un Robin Hood Oscuro: Un Aniquilador de Mitos

Ah, el mito. Esa dulce mentira que nos consuela. Durante siglos, la figura de Robin Hood ha bailado en nuestra imaginación como el noble ladrón que despojaba a los ricos para alimentar a los pobres. Pero, ¿y si os dijera que todo era una patraña? ¿Y si la verdad fuera mucho más cruda, más visceral, más humana en su oscuridad? Prepárense, cinéfilos, porque La muerte de Robin Hood, la nueva propuesta de A24 dirigida por el visionario Michael Sarnoski y protagonizada por un Hugh Jackman transformado, viene a dinamitar esa imagen edulcorada.

Esta película, que se estrena el 3 de julio, no busca solo deconstruir; busca excavar en el fango del origen. Sarnoski, con una audacia que recuerda a su trabajo en Pig (2021) con Nicolas Cage, propone una versión más violenta, ambigua y cercana a las raíces de una leyenda que, según él, nunca fue la historia de un único héroe. Es la amalgama de varios forajidos medievales, cuyas sagas se retorcieron y suavizaron con el paso del tiempo hasta convertirse en el cuento de hadas que todos conocemos.

Un Viaje a la Inglaterra Medieval: Sangre y Supervivencia

El tráiler ya lo anuncia sin tapujos:

“La gente habla de Robin Hood, cuenta sus historias, pero todas son mentira”

. Es una declaración de intenciones. Sarnoski nos transporta a 1274, a una Inglaterra medieval donde la violencia no era un accesorio narrativo, sino el pan de cada día, y la supervivencia una lucha constante dictada por la fuerza bruta. El director ha buceado en las primeras baladas sobre Robin Hood, revelando episodios brutales, decapitaciones y engaños despiadados que las versiones populares se encargaron de pulir.

Incluso la priora, interpretada por Jodie Comer, escapa de su arquetipo villano para encarnar a una mujer inspirada en la figura histórica de Hildegard von Bingen, dedicada a los marginados y enfermos, aportando una capa de humanidad inesperada a este sombrío tapiz.

Hugh Jackman: Un Alma Consumida por la Oscuridad

Y luego está él. Hugh Jackman. Con una seriedad que traspasa la pantalla, el actor advierte:

“El arranque de esta película es brutal. Mucho. La violencia es intencionadamente perturbadora y visceral.”

Acostumbrado a la crudeza en pantalla, Jackman confiesa que este rodaje fue una prueba de fuego.

“Nunca he estado más agotado en toda mi vida. Por una vez estuve a punto de rendirme. Era invierno, había barro por todos lados. Creo que un año después todavía queda algo de lodo en alguna parte de mi cuerpo,”

bromea con un rictus de cansancio. Su referencia clave no fueron las versiones de Douglas Fairbanks, Errol Flynn, Sean Connery, Audrey Hepburn, Kevin Costner, Taron Egerton o Russell Crowe, sino la inquebrantable Sin perdón (Clint Eastwood, 1992).

Jackman se zambulló en la mente de un hombre que se autodefine como un monstruo, un ser forjado por la violencia, por necesidad y por decisión.

“La película se adentra de verdad en el lado oscuro de la humanidad. Ninguno de nosotros quiere enfrentarse a esas partes más sombrías y oscuras de uno mismo. Pero están ahí,”

reflexiona el actor. Para él, el guion de Sarnoski es una obra de belleza poética, una que

“resume la humanidad, la experiencia de ser humano. Me pareció, de alguna manera, redentora por el hecho de cómo Robin se enfrenta a su final. Me llegó al alma.”

Tal es la conexión de Jackman con este proyecto que confiesa:

“Si no hago otra película nunca más, está bien. Nunca había sentido algo así.”

Una declaración rotunda que subraya la profunda huella que La muerte de Robin Hood ha dejado en su alma. Este no es el Robin Hood de nuestra infancia; es el Robin Hood que nunca supimos que necesitábamos, un espejo incómodo de nuestra propia naturaleza salvaje y la belleza que puede surgir incluso en el final más sombrío.